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Cuando las minorías desfavorecidas se vuelven conservadoras


gente

Hace algunos años, una investigación de dos psicólogas de la Universidad de Ohio, Maureen Craig y Jennifer Richeson, analizó de qué manera las personas de raza blanca (grupo racial mayoritario en Estados Unidos) se volvían más conservadoras en su ideología al advertir que los grupos étnicos minoritarios estaban creciendo, y que los blancos serían, en un futuro no tan lejano, una minoría en ese país.

Estas dos profesionales han realizado recientemente una nueva investigación igualmente interesante: Cuando se advierte que un grupo minoritario (por ejemplo, los hispanos) está creciendo en tamaño, ¿Qué posición adoptan otros grupos minoritarios (por ejemplo, afroamericanos o asiáticos)? ¿Cabe la posibilidad de que, al igual que los blancos, se vuelvan más conservadores?
Esta es una posibilidad cierta, ya que cuando los grupos se enfrentan a situaciones de desventaja, sus componentes tienden a defender más vigorosamente el status quo, o sea el sistema. Incluso muchos con menor poder y status dentro de estos grupos anhelan que el sistema no cambie, ya que una variación podría empeorar aún más una posición ya desventajosa.


Por lo tanto, los grupos minoritarios a menudo pueden percibirse como competitivos entre sí, a medida que tratan de mantener (o no perder) su posición. Esto puede promover no sólo la resistencia al cambio, sino también una visión más conservadora de muchos de sus integrantes.

La investigación

En dicho estudio, las investigadoras se valieron de personas voluntarias integrantes de minorías no hispanas de Estados Unidos. Dichos individuos fueron divididos en dos grupos, a los que le dieron a leer cierta información en la que detallaba que:

Grupo A: El artículo dado a leer sugería que la comunidad hispana en el país estaba creciendo rápidamente.

Grupo B: El artículo aseguraba que, si bien la comunidad hispana era más visible, actualmente no estaba creciendo en número de personas.

Los resultados revelaron un patrón claro: al igual que la investigación anterior con personas blancas, en un cuestionario inmediatamente posterior se observó claramente que las personas del grupo A adoptaron posturas más conservadoras en las respuestas.

Por tanto, convertirse en un grupo más pequeño amenaza de similar manera, ya sea a una mayoría numérica, como a una minoría. Esta amenaza alienta a la gente a aprobar un "statu quo" que enfatiza la tradición y la confianza en las jerarquías intergrupales.


Estos resultados son interesantes por varias razones. La principal es que, al parecer, una respuesta conservadora a la amenaza de posición de una colectividad es relativamente universal.

Pero estos efectos también tienen implicaciones prácticas para la comprensión de los posibles patrones de votación. Por ejemplo, en EEUU, los republicanos ven como su base (en gran parte blanca) está disminuyendo de tamaño, con unas minorías más inclinadas a votar a los demócratas. Pero las autoras del estudio aseguran que es probable que esto esté cambiando, y que votantes de minorías no hispanas (a medida que los hispanos crecen) pueden estar volviéndose más conservadores. Algo de esto ya se ha visto en las últimas elecciones en ese país.


Referencia:
http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/1948550617712029



Guerras, pandemias y la falible memoria colectiva


Si le preguntásemos a mucha gente cuáles fueron las mayores catástrofes humanitarias de los últimos 100 años, es muy probable que un gran porcentaje responda que la mayor fue la Segunda Guerra Mundial, seguida de la Primera Guerra Mundial.


guerra

Durante la Segunda Guerra murieron alrededor de 50 millones de personas y 17 millones en la Primera Guerra. Pero hubo otra catástrofe que pocas veces se menciona: la pandemia de gripe de 1918 – 1920. Más conocida como la "gripe española", que se cree que pudo llegar a matar a cerca de 100 millones de personas.
¿Por qué este hecho ha caído en el olvido colectivo o al menos no tiene el impacto de las guerras?

Ciertamente, "gripe española" es un término confuso, que se debió a que las naciones en conflicto de la Primera Guerra censuraron las noticias referentes a esta pandemia para no diezmar la moral, cosa que no hizo España, ya que no participó en la contienda. Por tanto, las primeras víctimas que los grandes medios europeos informaron eran españolas. Es por ello que en un primer momento se creyó que la epidemia tenía su origen la península ibérica.

Las razones de que esta calamidad ha sido tan a menudo pasada por alto tienen que ver con la naturaleza del recuerdo colectivo, o mejor dicho, del olvido. Y nos muestra como la memoria colectiva, al igual que la memoria individual, es sorprendentemente falible.


Estructuras narrativas

Hace unos años, el antropólogo de la Universidad de Washington, James Wertsch, observó que los recuerdos colectivos tienden a seguir una estructura narrativa simple, que tiene un principio, un desarrollo y un fin. Las guerras se ajustan muy bien a este patrón.
Por ejemplo, una encuesta de 2014 mostró que los recuerdos de los estadounidenses referentes a la Segunda Guerra se construyen en torno a tres grandes eventos: el bombardeo a Pearl Harbour, el Día D (desembarco aliado en Francia), y el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, es decir, comienzo, punto de inflexión y fin. Otros eventos de esta guerra, o bien fueron relegados o se fusionaron con éstos.

En cambio, las pandemias carecen de una estructura de este tipo. Por ejemplo, en algunos lugares la gripe española había finalizado en tan sólo seis semanas, por tanto, no hubo tiempo para que se desarrolle un relato. Otro punto importante es que los recuerdos colectivos tienden a resaltar elementos heroicos o míticos, y no hay vencedores en una pandemia. Tampoco hay figuras de alto perfil, de manera que la gente recuerde ciertos episodios a través de ellos.


Sin embargo, los intentos de omisiones colectivas no siempre inducen a olvidar, los armenios que viven en Turquía todavía recuerdan el genocidio de la década de 1910, a pesar de que la ley turca restringe el debate público sobre aquel episodio. Algo similar ocurrió en la Lituania ocupada por la Unión Soviética. En estos casos, muchas veces ocurre que los recuerdos reprimidos políticamente se transforman, per se, en un poderoso motivo para no olvidar.

También sería bueno recordar que en 1920 hubo una influyente corriente cuyo interés era borrar los recuerdos de la gripe española. Ni médicos ni científicos pudieron detener esta peste (básicamente porque no sabían que la influenza era causada por un virus), junto con los políticos que tampoco tenían nada para ofrecer. En estos círculos, muchos llegaron a ver la pandemia como una derrota humillante.
Alguna vez el historiador alemán Wilfried Witte escribió, "los políticos no tenían ningún interés en construir monumentos a la gripe, sin embargo, los monumentos a las guerras mundiales abundan, tanto de hormigón como psicológicos, a pesar de ello, no fueron la mayor catástrofe del siglo XX. En este caso, el olvido inducido ha sido muy eficaz, al menos hasta ahora".



¿Por qué son aceptadas las desigualdades sociales?


Ni siquiera el reconocimiento de que la riqueza no ocurre exclusivamente sobre la base del esfuerzo y el talento, cambia la actitud de mucha gente acerca de las carencias de la estructura social en la que habita. Ellos perciben dicha estructura como justa y natural.



Si bien reconocemos que hay una gran desigualdad de ingresos en nuestras sociedades, muchas personas se muestran renuentes a redistribuirlos más equitativamente. Incluso en las clases medias se puede observar ampliamente este fenómeno. ¿Cuál es la explicación científica para que esto ocurra?

Dicha pregunta fue abordada en una interesante investigación publicada en le revista "Journal of Personality and Social Psychology".
Este estudio sugiere que desde una muy temprana edad, tendemos a explicar los comportamientos de los grupos en base a las características que sus integrantes tienen, más que en términos de las circunstancias sociales que actúan sobre ellos.
Este enfoque, de anteponer las características inherentes en lugar de fuerzas extrínsecas, lleva a las personas a aceptar que estos grupos merecen estar en la posición social en la que se encuentran.


El estudio

La investigación tuvo dos partes, en la primera se trabajó con niños de 4 a 8 años y en la segunda con adultos. En ambos casos se les dio una descripción de una supuesta sociedad, en la que había personas que tenían mucho dinero y otras que tenían muy poco. Luego se les dio dos explicaciones para ilustrar tal diferencia.
La primera explicación se centró en características inherentes, por ejemplo, las personas con dinero eran más inteligentes. La segunda explicación se basó en factores extrínsecos, por ejemplo, los individuos con mucho dinero habían ganado la lotería.
Los participantes, tanto niños como adultos, debían calificar que tan verosímiles eran para ellos estas explicaciones. También debían evaluar si pensaban que la situación era justa.

En ambos casos, niños y adultos, otorgaron calificaciones más altas a las explicaciones basadas en características intrínsecas, que a las basadas en factores externos. Además, a aquellos que opinaron que la situación era justa, se les solicitó una explicación de por qué lo era, en este caso, las personas tendieron a dar explicaciones referentes a factores inherentes, que a causas externas.

Curiosamente, estas diferencias funcionaron para los grupos, pero no a nivel individual. Es decir, cuando se les hablaba de individuos que tenían diferencias en algunas características (por ejemplo, en los ingresos), en este caso, existieron las mismas probabilidades de dar explicaciones sobre la base de factores inherentes o extrínsecos. Por tanto, este efecto parece funcionar sólo para presunciones grupales.

En definitiva, cuando observamos desigualdades entre distintos conjuntos de personas, asumimos que estas diferencias tienden a ser el resultado de las características propias de los grupos, en lugar de apuntar a factores circunstanciales o coyunturales. Como resultado, tendemos a pensar que esas diferencias son justas. Esta es una de las razones por la cual mucha gente a menudo no apoya ciertas políticas públicas que podrían ayudar a acortar tales diferencias.


Referencia: http://psycnet.apa.org/journals/psp/109/5/739/



Felicidad vs bienestar: la paradoja de Easterlin


Uno de los hallazgos en ciencias sociales más desconcertantes de los últimos 50 años es la paradoja de Easterlin: el crecimiento económico de un país no siempre se traduce en un aumento de la felicidad de su población.


Felicidad bienestar

Sobre todo en tiempos de crisis, los políticos inundan los medios de comunicación hablando de sus recetas para mejorar la economía. La hipótesis de esta estrategia es que si la economía mejora, la gente estará más feliz.
Esto parece obvio, muchos de los problemas que enfrentan los ciudadanos están determinados por la posesión de dinero.

Sin embargo, cuando los investigadores sociales miden los niveles de felicidad de ciudadanos de diferentes países y lo comparan con la situación económica, la relación no siempre es tan metódica. Esta observación se llama "la paradoja de Easterlin", ya que el primero en referirse a ella fue el economista norteamericano Richard A. Easterlin.

Desde este hallazgo en 1974, se han hecho algunos estudios al respecto. Uno de ellos indica que después que se satisfacen las necesidades básicas de una población, el aumento de la riqueza no es tan importante. Esta teoría sugeriría entonces que en los países más desarrollados, la relación entre el PIB y la felicidad de su población debería ser más débil que en las naciones pobres. Pero este no ha sido el caso, los ciudadanos de algunos países ricos se sienten más felices con el aumento del PIB, en contraste, las poblaciones de algunas naciones pobres se vuelven más tristes con el aumento del PIB.

Los investigadores sugieren que la desigualdad de ingresos puede ser un factor fundamental en esta relación. En particular en los países pobres, donde la desigualdad es mayor, en tal caso, los aumentos del PIB no logran que la gente sea más feliz. La idea detrás de esto es que cuanto más se distribuye de manera desigual, sólo las personas ricas son las que realmente se benefician de los aumentos del PIB.

Dos investigadores de psicología cognitiva, Selin Kesebir y Shigehiro Oishi, pusieron a prueba esta idea a gran escala. Ellos examinaron la relación entre la desigualdad de ingresos y el PIB (medido con el índice Gini) y los niveles de bienestar de la población de diferentes países.
El estudio estuvo dividido en dos, la primera parte se centró en estas variables de 16 países económicamente desarrollados durante el período 1959 a 2006. La segunda parte midió los mismos parámetros en 18 naciones pobres en el período 2001 a 2009.

En el primer sondeo se halló que para las naciones más ricas, la relación entre bienestar y PIB fue positiva, pero sólo después que se pudo controlar los efectos de la desigualdad de ingresos. Básicamente, cuando un país tiene una baja desigualdad de ingresos, los incrementos del PIB van conduciendo, con el tiempo, a un aumento de la felicidad. En cambio, cuando un país tiene una alta desigualdad de ingresos, los incrementos del PIB no tienen ningún efecto sobre la felicidad de su población.

En el segundo caso, se hallaron dos resultados diferentes: en los países pobres que cuentan con una menor desigualdad de ingresos los cambios en el PIB no afectaron mucho los niveles de felicidad. En cambio en los países pobres con mayores niveles de desigualdad de ingresos, los incrementos del PIB, en realidad, disminuyeron los niveles de felicidad.

Seguramente esta sea una de las razones por la cual los políticos, especialmente en períodos de vacas flacas, se refieren con tanto empeño a la desigualdad de ingresos. Los resultados de las investigaciones muestran que los niveles de insatisfacción no son el resultado de una economía pobre, sino más bien, una consecuencia del aumento de la desigualdad en los ingresos de la población.


Referencia: http://pss.sagepub.com/content/26/10/1630.abstract



La psicología evolutiva de la barba


Hace ya unos años que la barba se ha vuelto, otra vez, una moda entre muchos hombres. Hipsters, modelos, estrellas de Hollywood... seguramente este gusto continuará por un tiempo más, como cualquier otra manifestación de moda en el mundo occidental.


Psicología evolutiva de la barba

Sin embargo, la historia evolutiva de la barba revela un propósito mucho más trascendente que un mero accesorio facial. El encanto de la barba tiene sus raíces en el pasado violento de la competencia masculina.

En el mundo animal, muchas especies poseen adaptaciones para fingir ser más grandes y de esa forma intimidar a los machos rivales o a sus depredadores, y la mayoría de estas adaptaciones son a la altura de la cabeza, que es dónde se enfoca la atención. Por ejemplo, los leones machos tienen unas espectaculares melenas que sirven para este propósito, los elefantes ante una pelea con otros machos expanden sus enormes orejas. También algunos reptiles utilizan esta estrategia, como las cobras, que abren una especie de capucha a los lados de la cabeza cuando se irritan. Un gran número de primates poseen vello facial o mechones a los costados, esto hace que su rostro se vea más grande en comparación con los especímenes más jóvenes.

Pero al igual que en otras especies, los machos humanos también poseen estas funciones adaptativas, y valerse de la barba para exagerar el tamaño de la cabeza es una de ellas, aunque no la única. Desde los tocados de plumas de los indios americanos, los cascos y sombreros militares o las coronas de los reyes, todos estos artefactos están específicamente diseñados para generar temor, exhibir un rango o demostrar experiencia de lucha.

Ahora, cuando todo esto es llevado al laboratorio de investigación, se hace aún más evidente que el uso psicológico de la barba es más consistente que las tendencias de las modas actuales. En un estudio ya clásico de 1973, el psicólogo Robert Pellegrini encontró que los individuos con vello facial eran señalados como más dominantes, más masculinos y con más fuerza, entre otros rasgos viriles.
Otro estudio encontró que la tendencia de un grupo de mujeres a evaluar a individuos barbudos como más masculinos se intensificó en su fase más fértil. También catalogaban a los hombres barbudos como mejores padres.


La hormona masculina que impulsa el crecimiento de la barba en los hombres es la testosterona, la misma sustancia química responsable de la agresión y el deseo sexual.

Distintas jerarquías de muchas religiones están obligadas a usarla, en el hinduismo, el judaísmo, el sijismo o entre los Amish. Los faraones del Antiguo Egipto, que eran considerados dioses en la tierra, llevaban largas barbas falsas como símbolo de su condición divina. En la cultura occidental, muchas veces Dios está representado como un anciano barbudo. Aún hoy, las barbas religiosas siguen siendo consideradas como símbolos de competencia y poder.
Para nosotros y nuestros evolucionados cerebros, que aún permanecen atados a nuestros ancestrales impulsos de supervivencia, la barba implica un cierto nivel de dominación.

Por lo general, cuanto más antigua es una adaptación mental, más profundo es su significado en nuestro razonamiento, así que, incluso los más pacíficos y civilizados hipsters actuales pueden evocar representaciones mentales que se remontan a la época en la que nuestros antepasados lejanos luchaban por sobrevivir y reproducirse.



¿Por qué sentimos atracción por los escenarios apocalípticos?


¿Por qué estamos tan fascinados con la elaboración de representaciones mentales de posibles escenarios en los cuáles el mundo es destruido?


apocalipsis

Al éxito de "The Walking Dead" habría que sumarle todas las películas sobre el fin del mundo que se han visto en los últimos años, videojuegos como "Call of Duty" o, por ejemplo, lo que ocurrió previamente al 21 de diciembre de 2012. Nuestro encanto por las narraciones apocalípticas va desde lo inofensivo de la ciencia ficción hasta las relacionadas con cuestiones militares o de fundamentos religiosos. ¿De dónde viene tal atracción? Veamos un par de posibilidades.

En primer lugar, como seres racionales que somos, en mayor o menor medida siempre tenemos presente que existe el final de la vida, somos la única especie sobre la tierra que sabe que va a morir. Nuestra inteligencia sumada a esa certeza de la muerte nos ha dotado de una capacidad para el pensamiento abstracto, complejo y temporal, único.
Esa misma inteligencia y capacidad que nos permite desafiar a la naturaleza con increíbles proezas en las distintas ramas de la ciencia, también nos hace capaz de crear mundos de fantasía en escenarios hipotéticos. O sea, tenemos una gran imaginación y nos gusta utilizarla, pero así como nos gusta imaginar escenarios plácidos, como situaciones agradables o romances poco realistas, también nos gusta imaginar situaciones catastróficas, por ejemplo, en las que el mundo es destruido.

En segundo lugar, esta misma impresionante capacidad cognitiva que allanó el camino para el dominio del planeta, también facilitó el camino para una cierta angustia existencial. Podemos soñar e imaginar todo tipo de cosas interesantes y maravillosas, pero también podemos imaginar todo tipo de cosas horrendas y aterradoras.
Y a medida que la ciencia ha venido discutiendo cada vez más sobre el significado de nuestra existencia, paralelamente nos ha hecho reflexionar sobre la posibilidad de que somos organismos insignificantes que existen por casualidad y que nacemos para sufrir el mismo mortal destino que cualquier otro organismo insignificante. En otras palabras, tenemos la capacidad de cuestionar nuestro significado existencial, nuestra razón de ser. Y este cuestionamiento existencial puede hacer a las narraciones apocalípticas más seductoras, ya que permiten a los humanos (al menos a algunos) ser más que mortales seres insignificantes. Por ejemplo, muchas de las creencias apocalípticas son de naturaleza religiosa y allanan el camino para que un determinado grupo religioso sea rescatado de los horrores del mundo y llevado a un nuevo reino, libre del sufrimiento humano y de las injusticias que no podemos dar sentido en nuestra realidad actual.

Está claro que esta atracción por un apocalipsis seguido de un renacimiento mítico no es específico de la religión. Algunas narraciones apocalípticas están basadas en un reinicio cultural, en el que podemos escapar de todos los problemas y complejidades de la vida moderna y empezar de nuevo.


Un escenario apocalíptico que se centra en la caída del poder dominante, de la infraestructura social y tecnológica que controla nuestras vidas, puede ser atractivo para mucha gente.

Esta manera extrema de pensar el mundo, puede estar motivada por una ancestral nostalgia en la que algunas personas se imaginan que la vida en el pasado era más simple y mejor.

También es necesario destacar que muchas de estas narraciones apocalípticas, ya sean religiosas o no, incluyen alguna forma de heroísmo en el que el bien triunfa sobre el mal, una especie de proceso de redención. O sea, que sucede algo malo pero las personas que luchan o que tienen determinada fe, finalmente son salvadas del mal. Esta redención heroica (religiosa o no) no es otra cosa que un sentimiento humano muy primitivo: permitir a los individuos sentir que son parte de un acontecimiento grandioso y significativo.



4 ejemplos del desajuste evolutivo que tienen nuestros cerebros


Pensemos que el ser humano ha existido durante los últimos 5 a 7 millones de años y que la inmensa mayoría de ese período la hemos vivido como cazadores-recolectores, eso hasta hace unas decenas de miles de años que nos organizamos en comunidades agrícolas. Si bien el estilo de vida agrícola era socialmente más dinámico, poco se parecían a las sociedades globalizadas del siglo XXI.
Esta situación, sin dudas que ha dejado un desajuste evolutivo que se manifiesta de muchas maneras, hoy veremos algunas.


desajuste evolución cerebro

Consideremos que durante millones de años en los cuales nuestros antepasados vivieron en aquellos entornos, el cerebro humano tuvo un montón de tiempo para acumular adaptaciones beneficiosas para aquellos ambientes. A estas adaptaciones habría que añadirle las numerosas preexistentes antes que el ser humano entrara en escena, por ejemplo, los millones de años antes de que los homínidos se separaran de los primates.
En este gran esquema evolutivo, los pocos miles de años en los que hemos vivido en un contexto más “moderno” no han alcanzado para desactivar aquellas adaptaciones. El resultado de ello es que todavía llevamos cerebros que están diseñados para hacer frente a los muchos problemas de aquellas sociedades primitivas.

La ciencia se ha basado en este desajuste para explicar algunas patologías, por ejemplo, por qué las personas que viven en sociedades industrializadas muestran una mayor frecuencia de problemas de salud mental que los individuos de las sociedades de cazadores-recolectores. Otros resultados de este desajuste son por ejemplo, los trastornos de déficit de atención, la obesidad y algunos otros más sutiles o que se refieren al manejo del funcionamiento social, veamos 4 ejemplos simples de la vida diaria.


1.) La política

Una característica importante en el estilo de vida de las sociedades de cazadores-recolectores fueron sus organizaciones sociales. Los grupos normalmente estaban formados por pocos individuos, los cuales estaban estrechamente relacionados entre sí, sin dudas que el cerebro humano se adaptó para crear estrategias sociales en ese contexto.
Hoy en día, las comunidades con las que interactuamos son enormes, los científicos creen que este efecto produjo un desajuste con resultados improvisados, uno de los sectores de relaciones humanas que está fuertemente afectado por estas limitaciones es la política. La política moderna consiste en la creación de estrategias que afectan directamente a millones de personas. Estos niveles de población no existían en el ambiente ancestral.
Investigaciones actuales muestran que incluso hoy en día nuestras mentes modernas no son mucho más expertas que las antiguas en la comprensión de la política a pequeña escala. Análisis de escritura han hallado que cuando la gente escribe acerca de la dinámica de grupos pequeños, el lenguaje es mucho más fluido y natural, en cambio el lenguaje para hablar de política a gran escala por lo general suena ensayado, torpe y presuntuoso. Si bien podemos entender en un nivel intelectual las dimensiones de la cantidad de gente que abarca una política a nivel nacional o global, carecemos de este entendimiento en su forma más intuitiva, ya que nuestros antepasados nunca lo necesitaron.


2.) El interés por los famosos

Durante muchos años a los científicos les causó cierta intriga el interés que despierta la vida de las celebridades en el resto de los mortales. Una parte de la población ansía y busca este tipo de información. Si bien existe una fascinación por este tipo de noticias, al mismo tiempo sabemos que no nos concierne en lo más mínimo, que es una pérdida de tiempo.
Hay que asumir que esta banalidad no habría sobrevivido al filtro evolutivo, nuestros antepasados hubiesen estado poco interesados en noticias irrelevantes y se habrían centrado en los que les era realmente importante. Pero también sabemos que este tipo de información no existía en aquellos días, la información social estaba casi exclusivamente relacionada a la supervivencia del grupo.
Algunos psicólogos evolutivos creen que es probable que nos preocupemos por este tipo de información porque nuestros cerebros aún interpretan los datos de estas personas como una información cercana a nuestro entorno social.
Nuestros antepasados estaban diseñados para tener interés de toda información social, porque en aquellos tiempos toda información social era vital. Quizás esa sea la causa de por qué hoy en día cualquier información social (incluida la más banal y superflua) sea suficiente para excitar nuestro sistema de recompensas del cerebro.


3.) Percepción de peligro

Ya hace muchos miles de años que no vivimos en la sabana africana luchando con animales salvajes para poder comer, pero en determinadas circunstancias tendemos a creer que nuestra vida está en peligro mucho más de lo que realmente está. Por ejemplo, es muy habitual que en los días posteriores a un accidente aéreo, se cancelen algunos pasajes producto del miedo de algunas personas. Eso no tiene sentido, los individuos que cancelan los viajes por esta causa seguramente sigan haciendo su vida normal, conduciendo sus coches (el riesgo de morir manejando es muchísimo mayor que morir en un accidente aéreo). De hecho hay actividades cotidianas que representan un riesgo estadísticamente alto, cruzar una calle por ejemplo.
Mientras que la mente racional sabe que las probabilidades de morir en un accidente de avión son de 1 en 10 millones, el cerebro no está adaptado para entender estas probabilidades tan minúsculas y la respuesta es una exagerada percepción de peligro.


4.) Apostar en juegos de azar

Una vez un matemático dijo que la lotería es el impuesto a la estupidez.
Por cada apostador que gana un premio relativamente bueno en la lotería, hay millones que no ganan nada por lo que científicamente hablando, no es una buena idea apostar (ni en la lotería ni en ningún otro juego de azar).
Aquí entra a tallar un mecanismo mental que es el siguiente: El conocimiento racional de que no vamos a obtener el premio sólo influirá en nuestro comportamiento, si el estrés resultante de correr el riesgo supera a la excitación impulsada por la recompensa.
La clave está en que este mecanismo se desarrolló en nuestra mente en épocas dónde la recompensa generalmente era comida o apareamiento y las poblaciones eran más pequeñas, por tanto las probabilidades eran mayores.
En definitiva, los países obtienen una enorme fuente de ingresos aprovechando este desajuste evolutivo de la población.



¿Por qué la persuasión es altamente efectiva?


La persuasión está presente en todos lados. En los avisos publicitarios, en la política, en los medios de comunicación. ¿Por qué algunas afirmaciones que no son del todo ciertas, pueden convencer a tanta gente?


Porque la persuasión es altamente efectiva

"Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad", ¿Qué tan real es esta sentencia?
Vemos el mismo anuncio publicitario decenas de veces, los políticos repiten los mismos argumentos sin parar una y otra vez, los periodistas y demás formadores de opinión, redundan en las mismas cosas cada vez que se les presenta la oportunidad.
¿Puede ser la repetición realmente convincente?
La respuesta es si... veamos como se logra.


Suena demasiado simplista que un mensaje, por el hecho de reiterarlo varias veces, pase a ser creído por mucha gente, pero eso es exactamente lo que ocurre.
De hecho, la repetición es el método más fácil y extendido de la persuasión. Es tan obvio, que no nos damos cuenta lo poderoso que es.

Si es fácil de entender, es verdad

Debido a la forma en que funciona nuestro cerebro, al escuchar o ver un mensaje varias veces, se vuelve más familiar y lo que nos es familiar, lo encontramos como más cierto.
Lo que es conocido, requiere menos esfuerzo para procesar y esa sensación de facilidad, nuestro cerebro la transforma inconscientemente en indicativo de veracidad (esto se conoce como fluidez cognitiva).

Los asesores de imagen, que orientan y aconsejan a políticos en sus discursos, saben de esta diferencia (entre la verdad real y la persuasión). Dado que la persuasión logra mejores resultados… ¿para que molestarse en decir la verdad?
Como contraparte, si algo es difícil de entender, o sea de procesar, la gente tiende a no darle tanto crédito.


Cuando la repetición falla

Existen 2 factores que pueden hacer fallar la persuasión: la reiteración excesiva y cuando la persona está muy atenta.

En el primer caso, algunas investigaciones han analizado cuantas veces se debe repetir un mensaje para que el efecto sea eminentemente exitoso.
Las personas tienen la máxima confianza en un concepto, después que se ha repetido entre 3 y 5 veces. Después de eso, la repetición deja de tener el mismo efecto e incluso puede volverse en contra.
Debido a esto, vemos que hay anuncios de televisión que utilizan variaciones sutiles, o distintos anuncios del mismo producto, para recuperar la atención. Este es un claro intento de evitar que, mientras la familiaridad puede generar simpatía, el exceso tiende a generar desprecio.

En el segundo caso, si el argumento es débil y la persona está concentrada en la explicación, el efecto desaparece.
En otras palabras, no es bueno repetir un argumento débil, a personas que están escuchando con atención.
Pero cuando los individuos no se sienten motivados a examinar los argumentos cuidadosamente y dichos argumentos le son familiares, éstos son más persuasivos.


La auto-persuasión

El poder de la repetición es tan potente, que nos podemos persuadir a nosotros mismos. Un estudio ha demostrado que cuando una idea se recupera de la memoria, tiene el mismo efecto que si nos la hubiesen repetido dos veces.
¿En cuántas oportunidades nos ha pasado, estar convencidos que algo que vimos hace tiempo, es de tal manera o se encuentra en tal lugar y después la realidad, nos demuestra lo contrario?

Personalmente tengo una anécdota sobre la auto persuasión. Hace muchos años vi la película "Escape en tren" (Runaway Train), con Jon Voight. Película en la cual el protagonista se fuga de una cárcel con otro preso y se suben a un tren para escapar.
Tiempo después de ver la película, hubiese jurado que el compañero de fuga de Voight en dicho film, era Willem Dafoe, (hasta llegué a imaginar a Dafoe colgado del tren lleno de nieve). Pero no, algunos años más tarde volví a ver por casualidad la película en televisión y me percato que el compañero de Voight era en realidad, Eric Roberts.
En algún momento mi memoria trajo un recuerdo equivocado y mi propia mente me convenció de ello.


Conclusión

Para la mente humana, hay poca diferencia entre las apariencias y la realidad.
Lo que pareciera que puede ser cierto, basta repetirlo algunas veces para que se convierta en irrefutable. Esto es porque tendemos a procesar la ilusión como si fuera verdad.
Esto sugiere que debemos ser más críticos al ver un aviso publicitario en televisión (o un político diciendo su discurso, es lo mismo), de lo contrario, antes de darnos cuenta, estaremos cantando el jingle y comprando el producto.



¿Cuándo se creó el termino tercer mundo?


El sociólogo francés Alfred Sauvy es considerado como el creador del término "tercer mundo".
Fue a través del artículo titulado «Trois mondes, une planète » (Tres mundos, un planeta) y que publicó el periódico "L’Observateur" el 14 de agosto de 1952 (número 118, página 14).



En él exponía cómo el planeta estaba en manos de dos mundos enfrentados entre sí durante la Guerra Fría (el bloque capitalista liderado por EEUU y el bloque comunista con la URSS al frente); pero señalaba la existencia de un ‘tercer mundo’ (el más importante para él) que lo componía un grupo de países que no pertenecían a ninguno de los dos bloques.

Naciones que eran ignoradas tanto por capitalistas como por comunistas; un tercer mundo compuesto por países subdesarrollados y explotados.

Con el fin de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín, el término continuó utilizándose, sobre todo, hacia aquellos países más desfavorecidos, pasando a formar parte del ‘segundo mundo’ (anteriormente ocupado por el grupo de países comunistas) las naciones en vías de desarrollo y prosperidad.

Debido a la crisis y el empobrecimiento global, desde hace unos años se está utilizando la expresión ‘cuarto mundo’ para referirse a los países con más desprotección social y una pobreza casi absoluta.