viernes, 3 de julio de 2015

La era de las adicciones


A los 42 años, el sueco Roger Tullgren tenía un serio problema: no podía parar de escuchar heavy metal. Simplemente no era capaz de funcionar sin escuchar música heavy, y como resultado de esto, no duraba en ningún trabajo. A tal punto, que los psicólogos llegaron a la conclusión de que padecía un discapacidad, y fue declarado adicto al heavy metal. Desde entonces, el estado sueco paga a Tullgren una pensión por su adicción.


La era de las adicciones

Así es como las adicciones son vistas hoy: ya no son un peligro asociado solamente al alcohol y las drogas. Ahora existen desde adictos al azúcar hasta adictos a internet, pasando por los adictos a los juegos de azar, a las compras, al sexo y la lista sigue.

Esta abundancia de adicciones representa un cambio cultural en la manera de explicar un comportamiento inaceptable. Tradicionalmente, una conducta social desviada era vista como una cuestión moral. La gente caía en estos comportamientos porque carecían de fuerza de voluntad o carácter. Para el adicto, la responsabilidad se encontraba dentro de si, es decir, el camino para vencer la adicción estaba en la toma de decisiones correctas y de llevarlas a cabo a través de su esfuerzo.
Sin embargo, en las últimas décadas, la tendencia ha sido la de enmarcar las adicciones no ya como cuestiones morales, sino como patologías. Por tanto, la adicción ahora debe ser tratada externamente, más allá del poder del individuo para hacerle frente por sí solo.


Un cambio de interpretación

Este cambio en la interpretación de las adicciones recae, en parte, en la tecnología. Desde hace unos cuantos años, los avances tecnológicos han determinado que ahora se podía observar el funcionamiento del cerebro como nunca antes. Por ejemplo, identificar las regiones implicadas en las adicciones (núcleo accumens, prosencéfalo basal) y el principal neurotransmisor (dopamina). Y a pesar de que la ciencia aún está lejos de saber como estas zonas cerebrales funcionan exactamente, su conocimiento apoya la idea de que el problema de una adicción es, fundamentalmente, la de un mecanismo que no está funcionamiento correctamente.

Por si fuera poco, este cambio de interpretación viene con algunos beneficios. Es decir, si yo soy el responsable de mi mala conducta, seguramente tendré que pagar las consecuencias. En cambio, si según los médicos mi comportamiento es el resultado de una fuerza llamada "adicción", entonces posiblemente reciba algunas ayudas: tratamiento, medicación, licencia por enfermedad o hasta como en el caso de Roger Tullgren, una pensión.

Por cierto, si los especialistas nos dicen que no podemos hacer frente a nuestros propios impulsos, quizás también sea una forma de pasar de culpable a víctima.
Tal fue el caso de Christopher Chaney, a quien la policía detuvo en 2012 por haber hackeado los correos electrónicos y teléfonos de algunas celebridades en Estados Unidos y posteriormente publicar datos íntimos en internet, incluyendo fotografías de la actriz Scarlett Johansson desnuda. Durante la comparecencia, los abogados de Chaney adujeron que su hábito comenzó como una curiosidad y que rápidamente se transformó en una adicción y que no pudo luchar contra ella. El propio Chaney dijo ante el juez que se sintió aliviado cuando la policía entró a su casa y se llevó los ordenadores.

¿Realmente no pudo Chaney luchar contra su deseo de parar, o simplemente no quiso?
A veces, la creencia de que una adicción deja indefensas a las personas no es más que una expresión de desidia o falta de ética. Que además, puede ser una poderosa herramienta para no luchar por el control de uno mismo.


La visualización de una adicción como una fuerza externa implacable, hace que la persona debilite su sistema de juicio interno. Por ejemplo, Alcohólicos Anónimos afirma que aun consumiendo una sola bebida alcohólica conducirá inevitablemente a una recaída. De esa forma, este principio crea para el alcohólico una "línea roja" que no se debe cruzar, casi como una cuestión de vida o muerte.

De cualquier modo, sea o no posible que un individuo pueda hacerse adicto al heavy metal o a internet, es menos importante que las razones por las cuales esas personas padecen (o creen padecer) dicha adicción. Y en una época en la que estamos abrumados como nunca antes por un torbellino de tentaciones, no es de extrañar que nos aferremos tanto a la idea de la adicción.



viernes, 26 de junio de 2015

¿Existe el macho alfa en la especie humana?


Si miramos en la cultura popular, encontraremos una importante cantidad de referencias a los 'machos alfa' humanos. Sin dudas que en todas las sociedades hay hombres que son percibidos como socialmente dominantes. Pero ¿existe realmente el macho alfa humano? Los científicos tienen sus dudas.


¿Existe el macho alfa en la especie humana?

Los machos alfa de otras especies operan de maneras muy particulares. Por ejemplo, entre los lobos, cada miembro de una manada tiene su lugar en la jerarquía. En cambio entre los babuinos, el macho alfa domina sobre un grupo de subordinados que tienen el mismo poder el uno del otro, esto hasta que algún subordinado termina derrocando al 'alfa'. En estas especies, los alfas ejercen muchísimo poder.
En cambio los seres humanos somos más complejos, cuando se habla hoy en día de machos alfa, seguramente se haga referencia a ciertas características de dominancia social. Diversas investigaciones han demostrado que los hombres socialmente dominantes no sólo atraen a más mujeres, sino que también provocan sentimientos de inferioridad entre otros hombres. En el libro "La ciencia del deseo humano" el profesor de Stanford, Robert Sapolsky, dice que en la historia de nuestra especie, los hombres dominantes han tenido fundamentalmente tres particularidades físicas:

a) Altura: Es innegable que ser alto tiene una serie de beneficios sociales. Por ejemplo, los hombres más altos demuestran una menor sensibilidad a las señales de dominio por parte de otros hombres. Además muestran menos celos, tanto en lo físico como en lo social, de sus rivales dominantes. Los hombres más altos tienen, promedialmente, más funciones de liderazgo, mejores salarios y mayores ingresos en general. Y al parecer la inteligencia no puede corregir esta disparidad: un estudio de la Universidad de Chicago halló que los catedráticos eran 1,5 centímetros más altos que el promedio no académico. Por si fuera poco, la altura también es muy valorada para el apareamiento, ya que las mujeres prefieren hombres altos.

b) Voz: Antropológicamente hablando, la voz comunica mucho más que las palabras que se están diciendo. También es una señal de edad, tamaño físico y dominancia, en la antigüedad esto era de vital importancia, ya que era sinónimo de capacidad de lucha. Del mismo modo, los hombres de voces bajas se perciben como más maduros y más grandes físicamente. Una investigación realizada en Reino Unido determinó que los hombres con voces de tono bajo estaban relacionados con una mayor cantidad de parejas sexuales. En cierto modo, esto tiene relación con nuestros antepasados lejanos, ya que en las sociedades de cazadores recolectores un tono de voz bajo estaba relacionado con un mayor número de hijos.

c) Cara: Los rostros atractivos masculinos podrían estar indicando niveles óptimos de testosterona. A su vez, buenos niveles de esta hormona están relacionados con un mejor sistema inmunológico. Para nuestros antepasados, tener un sistema inmune fuerte era vital para luchar eficazmente contra las enfermedades. Por tanto, las mujeres buscaban especialmente estos genes de alta calidad para trasmitírselos a sus hijos.
La cara masculina como sinónimo de dominación ha sido objeto de especial interés por parte de los investigadores. Incluso han hallado una manera de evaluar estos atributos en los hombres: el índice fWHR (siglas de ‘facial widht to height ratio’), que es la distancia entre los pómulos dividido por la medida entre la parte baja de la frente (sobre las cejas) y el labio superior. Los hombres con mayor fWHR tienen mejores niveles testosterona, esto se relaciona con un mayor liderazgo, destreza financiera y comportamiento más agresivo. Además, los hombres con caras más anchas son menos propensos a morir a causa de violencia física, lo que sugiere que son combatientes más feroces, o incluso que sus cráneos y mandíbulas son más resistentes a los golpes. En el mundo ancestral, una fractura de cráneo o de mandíbula era sinónimo de una muerte segura.


índice fWHR

¿Existen en la actualidad los machos alfa en la especie humana?

Sin dudas que antes de la aparición del Homo Sapiens, nuestros antepasados lejanos deben haber tenido, al igual que otros primates, una marcada jerarquía social. Pero la evolución de la especie nos llevó por un camino de relaciones sociales mucho más complejas, y hoy, ese macho dominante ha quedado resumido a algo bastante ambiguo, donde sólo algunos vestigios pueden haber sobrevivido. Sin embargo, es probable que la mente de la mujer, quizás debido a algunos mecanismos cerebrales de preservación, pueda reconocer y activarse a modo de alerta, al ver cualquier rasgo de un antiguo macho alfa. Las mujeres aman los rasgos 'alfa', y de hecho, que las mujeres todavía puedan reconocer los rasgos alfa, nos habla (a diferencia de los hombres) de la resistencia femenina por tratar de preservar ciertos instintos ancestrales básicos.