viernes, 27 de febrero de 2015

El cerebro autonómico o contar hasta diez


Uno de los factores más importantes que determinan nuestro bienestar es la autonomía, es decir, la percepción de que puedes gobernarte a ti mismo y no tener que adoptar decisiones dictadas por otras personas.


cerebro autonomía contar diez

Algunas investigaciones sobre los elementos más determinantes de la felicidad sitúan a la autonomía como uno de los factores más importantes que inciden sobre nuestro bienestar psicológico. Además, varios estudios sobre motivación establecen al deseo de autonomía como el factor más importante como elemento estimulador para la persecución y obtención de los objetivos propios.

Ahora bien, algunos cambios de mentalidad o de perspectivas pueden cambiar la percepción de nuestra propia autonomía. Tomemos un ejemplo simple: la fila en la caja del Super. Usted ha hecho la compra y se le hace tarde para preparar la cena. Justo delante suyo hay un individuo que hizo una compra grande y además no encuentra su tarjeta para efectuar el pago y no tiene dinero, por tanto está algunos minutos buscando la tarjeta entre sus ropas. Cuando algo así nos sucede, sentimos enojo porque pensamos que esta persona se está apropiando de nuestro tiempo, o al menos eso nos parece. Lo que nos ocurre posteriormente es que nos damos cuenta que tenemos otras alternativas, en este caso, ir a otra caja, por ejemplo. Cuando vemos de que existen otras alternativas se calma nuestra ira y el nivel de percepción de autonomía vuelve a aumentar.

Pero además de las personas y las situaciones que pueden menguar nuestra sensación de autonomía, existe otro potencial ladrón de autonomía pero que se encuentra dentro de nosotros. Uno que nos acompaña a donde vamos, y a diferencia del individuo del Super, este es mucho más rápido.

Piense en el momento del Super, cuando se da cuenta que va a retrasarse y se le hace tarde para todo lo que tiene que hacer después. Seguramente su ira provocará algunas reacciones, por ejemplo, que su piel sude o tensione los puños, todo eso antes de pensar conscientemente acerca de la posibilidad de hacer una evaluación de la situación. La razón de esto es que la respuesta al estrés se inicia en el sistema límbico del cerebro, que es mucho más rápido que el proceso de pensamiento y de planificación, que suceden en partes más nuevas del cerebro.


Cuando una persona se siente repentinamente enojada, el sistema límbico emite señales que activan, por ejemplo, las glándulas sudoríparas y los músculos (por eso en estos casos podemos sudar y apretar los puños). Este proceso es mucho más rápido que el cerebro racional.

Por tanto, teniendo esto en cuenta, para preservar su bienestar y recuperar la autonomía de su cerebro, tiene que dar un tiempo para que los procesos neurales de los pensamientos conscientes retomen el control. Y para lograr eso, puede que tenga que utilizar una de las herramientas más antiguas de la ciencia de la psicología: contar hasta diez.



viernes, 20 de febrero de 2015

No es lo que dices sino como lo dices


Cuando un bebé interactúa con su madre emite un montón de sonidos inentendibles y es muy común que la madre haga lo mismo, después de todo, el niño no comprende lo que su madre le dice. Es decir, no es importante lo que le dice sino como se lo dice.


decir

El lenguaje que utilizan las madres con sus bebés es bastante diferente del lenguaje común. El tono de voz es distinto, el ritmo es más regular y hay abundancia de repeticiones.

Varios investigadores han estudiado las conexiones entre el lenguaje materno y la evolución del lenguaje humano. Por ejemplo, algunos antropólogos están convencidos que el habla evolucionó a partir de las vocalizaciones de las madres calmando a sus bebés. Según esta hipótesis, el lenguaje humano comenzó a desarrollarse a partir de estas expresiones verbales maternas, que con el transcurso de muchas generaciones se fueron convirtiendo en una forma de comunicación entre los demás miembros de la tribu.

Nuestros primos evolutivos, los chimpancés, también viven en sociedades relativamente complejas, en las que se construyen y mantienen las relaciones sociales a través del aseo mutuo, y aunque este aseo también tiene un propósito higiénico, es en la limpieza de la piel donde se consolidan gran parte de sus relaciones sociales.
Si bien los seres humanos también participamos de este tipo de comportamientos, por ejemplo, arreglarle la ropa a otra persona, hemos encontrado una manera mucho más fácil y eficaz de construir y mantener esas relaciones: la conversación. Por tanto, para el ser humano la conversación tiene un cometido similar de construcción de vinculaciones sociales que el aseo de los chimpancés.

Esta hipótesis, que si bien no consigue asegurar como fue exactamente la evolución del lenguaje, se centra en los aspectos sociales del uso del habla y además nos induce a pensar en lo que el lenguaje verdaderamente es, o sea, un sistema de trasmisión de pensamientos de una persona a otra. Ciertamente, el lenguaje puede ser utilizado para trasmitir información, y sin embargo, dos amigos que conversan durante horas, pasado un tiempo, probablemente lo único que quede grabado en sus memorias es que pasaron un buen momento de charla, pero no recuerden los detalles de lo que hablaron.

En otras palabras, pensemos que frecuentemente en nuestras relaciones sociales no es tan importante el contenido sino la comunicación de sentimientos y la construcción de mutua confianza y afecto. O sea, una charla agradable entre amigos tiene mucho en común con el lenguaje de una madre con su bebé. Esto es así porque nuestro cerebro, que alguna vez fue el cerebro de un bebé, instintivamente analiza primero no lo que le dicen sino como se lo dicen.